Por María

Éramos los primeros de la clase. Físicos, químicos, biólogos, arquitectos, informáticos, etc. enamorados de nuestra tierra. La tierra donde nacimos, crecimos, estudiamos, vivimos, disfrutamos, amamos, y que ahora añoramos… Pero hoy día no hay cabida en ella para nosotros. Así que, como tantos otros, yo también me fui. Y aquí empieza mi historia: Ciencia desde el exilio.

Como siempre tuve buenas notas, los profesores siempre me decían que yo podría elegir, llegado el momento de la selectividad,  y ser lo que quisiera de mayor.

Mi añorada playa de Cádiz

Mi añorada playa de Cádiz

Yo de pequeña, quería ser dependienta de una tienda de alimentación ¿Por qué no hice caso a mi primera elección?  Pero los gustos van cambiando con la edad y ya en la adolescencia tendemos a pensar en algo más afín a nuestra personalidad. Ya para entonces yo quería ser farmacéutica.

Pero está claro que nunca tuve las ideas muy claras, porque aún recuerdo cuando durante la carrera fui a un curso de orientación profesional (trabajar en una oficina de farmacia, en una industria, etc). Era de 5 días. Fui a todos menos a uno. A todos menos a la jornada en la que hablaron de investigación. Tenía clarísimo que eso no era para mí. Yo ya había tenido bastante con estudiar 5 años. Ya era el momento de empezar a trabajar. Y empecé.

Encontré trabajo en prácticas en una oficina de farmacia enseguida (eran otros tiempos) y empecé a ver fruto a tantos años de estudio. Todos orgullosos de mí, familia, amigos, incluso profesores del instituto. Estos últimos, cuando venían a la farmacia a comprar y me veían allí trabajando me decían, “qué bien estás, yo que te deparaba un buen futuro”. Pero yo quería más…

Me las apañé para estudiar una segunda carrera mientras seguía con mi trabajo en la farmacia y, cuando acabé, casi sin buscarlo, por cosas del destino, tuve la oportunidad de empezar con un doctorado.

Dejé todo, un contrato indefinido en la farmacia, mi pueblo, una vida estable, todo, porque yo quería hacer algo más…

Mi madre suponía que el tiempo que estaba haciendo la tesis, yo estaba estudiando. Si alguien le preguntaba por mí, ella decía: “Esta niña, que le gusta estudiar, que fíjate la edad que tiene, y ahí sigue, estudiando. A ver si acaba ya”. Pero en el fondo la entiendo. Ella sólo veía que no tenía vacaciones, que trabajaba fines de semana, que el sueldo era simbólico y que no podía permitirme lo que hubiese podido cuando trabajaba en una farmacia… Así, de vez en cuando, me dedicaba alguna frase del tipo: “Ainsss, a ver si cuando ya tengas un trabajo de verdad, puedes…”. Porque para ella mi tesis nunca fue un trabajo.

Fueron cuatro años duros, como toda tesis que se precie. Una carrera de fondo, me dijeron mis jefes nada más comenzar ¡Cuánta razón tenían! Pero en la carrera había una meta: terminar la tesis, irse de postdoc al extranjero, dos añitos, sólo dos, volver y empezar a trabajar en tu país. El trabajo de tus sueños, en tu país, con tu gente, todo perfecto… Sólo serían dos años en el extranjero…

Y llegó la crisis

Pero llegó la crisis y con ella el éxodo masivo de doctores. Fuga de cerebros la llaman. Llamadlo como queráis. No hay sitio para los investigadores en España. No para los que acabamos de terminar la tesis, ni para los que terminaron su postdoc. No hay dinero. Como para tantas cosas. Pero si de algo se puede prescindir sin duda, es de la ciencia.

No la necesitamos. Podemos salir de la crisis nosotros solitos, sin ayuda de científicos, ni investigadores que se precien ¿Para qué preguntar a los que más saben?  ¿Por qué no seguir formando mentes para regalárselas a otros países?

No preocuparse que entenderé a la perfección que no queráis volver cuando todo esto acabe y os pida que volváis. Entenderé que prefiráis entonces quedaros con vuestras familias, vuestro buen sueldo y vuestras nuevas vidas en el extranjero, donde os acogieron cuando yo no quise. No os preocupéis, que entenderé que no queráis volver

¡Irse! Que aquí no hay sitio para ustedes.

De todas las decisiones que tomé en mi vida, no sé cuál fue la menos inteligente. Dos carreras, un doctorado, un postdoc acabado y a por un segundo. Queriendo volver a mi tierra como agua de mayo. Cerrando los ojos y soñando con el olor a naranjos de las calles de Sevilla, la brisa de mi playa gaditana, las risas de mis amigos en torno a una botella de fino en feria, el sabor de un buen jamón, un cielo azul… Deseando volver a mi tierra… Porque yo, yo tenía elección, yo era de las primeras de la clase.