Por María

Siempre que nos imaginamos Londres, lo hacemos con un cielo gris y a Sevilla, con un cielo azul. Yo pensé que eran los dos extremos. Si podía vivir y disfrutar de la vida en ambos, entonces, es que mi estado anímico no dependía del clima. Pero cuando me mudé a otro país donde el cielo siempre era blanco, me di cuenta de que no es el clima el que te cambia el ánimo sino todo el entorno. Yo nunca sentí que Londres era gris porque viví rodeada de amigos que lo pintaban de azul. En cambio, aquí, el cielo era blanco impoluto, como la nieve…

No es el clima el que te cambia el ánimo sino todo el entorno

No es el clima el que te cambia el ánimo, sino todo el entorno

A lo largo de mi vida científica he pasado penas y penurias pero también muy buenos momentos. Puede que después de mis post anteriores, si ahora os digo que la vida del científico exiliado tiene cosas buenas, igual no me creáis. Pero es cierto. Vivir en el exilio me dio la oportunidad de conocer gente de distintos países, culturas, religiones, etc. con todo lo que ello implica. Me nutrí de sus conocimientos, viviendo historias de conflictos bélicos de primera mano, comprendiendo como ven y sienten la vida otras religiones, aprendiendo desde cocina extranjera hasta lenguas que nunca imaginé. Vivir en el extranjero, te forma como persona y te ayuda a comprender el mundo desde un punto de vista más amplio.

Y no es sólo por cómo desarrollas esa capacidad de superar problemas sin medios (hacer investigación en algunos países no es tan fácil como en otros), de batallar con la burocracia de cada país (desde abrir una cuenta bancaria hasta obtener un número de la seguridad social), de aprender nuevos idiomas (a veces por absoluta necesidad), etc. Es por el infinito número de buenos amigos que haces por todo el mundo.

Hace poco volví a Inglaterra a encontrarme con mis amigos y cargar pilas para seguir enfrentándome a ese cielo blanco impoluto de mi exilio actual. Puede que lloviese aquel domingo mientras tomábamos café en una terraza cerca de Londres, pero yo no sentí la lluvia, ni el cielo gris, ni las horas de vuelo, ni las de falta de sueño para poder escaparme a verlos. Cuando llegué y los vi a todos juntos alrededor de una mesa, salió el sol. Y como hacen los paneles solares, me recargué la batería y me volví a mi nuevo exilio. Pero esta vez con la batería cargada, el corazón lleno de alegría, el cielo parece otro.

Hoy me levanté y vi un resplandor de sol entrando por mi ventana. Puede que sea porque volví de Londres. Puede que sea porque me quedan dos semanas para visitar mi tierra española. Puede que sea porque al fin alguien que se cruzó conmigo por el camino me dijo buenos días y le entendí. O puede simplemente, porque por fin, salió el sol.