Por Javier López-Cepero Borrego. Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos, Universidad de Sevilla

 

La violencia contra la mujer en el ámbito de la pareja ha pasado, en un periodo de tiempo relativamente corto, de ser un fenómeno silenciado a ganar una alta visibilidad en nuestra sociedad. A día de hoy, el maltrato destaca entre los problemas que mayor resonancia tienen en los medios de comunicación. Una preocupación que se refleja en la aparición de recursos específicos (como el teléfono 016), la creación de organismos (tales que el extinto Ministerio de Igualdad, diversos Institutos de la Mujer o los observatorios de la violencia) y de normativa (como la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género) que buscan dar una respuesta adecuada a las necesidades de estas víctimas.

Las campañas de prevención dan el mayor protagonismo a la violencia física, a pesar de ser una de las menos frecuentes en adolescencia y juventud / Imagen: cafeconvoz.org

Las campañas de prevención dan el mayor protagonismo a la violencia física, a pesar de ser una de las menos frecuentes en adolescencia y juventud / Imagen: cafeconvoz.org

La violencia que aparece dentro de las relaciones de pareja también ha suscitado un interés creciente entre investigadores de diversas disciplinas sociales y sanitarias. Así, la literatura creada en torno a términos como violencia doméstica (domestic violence), violencia del compañero íntimo (intimate partner violence) o violencia en el noviazgo (dating violence) han registrado un claro crecimiento en las pasadas décadas. Tomando como referencia PsycINFO (principal base de datos en Ciencias del Comportamiento), estos términos han acumulado más de 900 publicaciones por año, una cifra que triplica las investigaciones en torno a términos como terrorismo (terrorism) u homicidio (homicide), y que duplican las referidas a la guerra (war). Aún reconociendo las limitaciones del método elegido queda claro que, dentro de la investigación en la violencia, las agresiones que ocurren dentro en el contexto familiar reciben una gran atención en todo el mundo.

Tomando como referencia esta trayectoria de los acontecimientos, cabría esperar que la población en general, y especialmente el segmento de adolescentes y jóvenes adultos, hubiera sustituido las conductas de abuso por otras más equitativas y saludables. Sin embargo, un estudio reciente publicado en Psicothema, llevado a cabo con más de 2.000 mujeres jóvenes (de 22 años de media) encontró una significativa proporción de participantes que expresaron tener tolerancia (sentir ninguna o poca molestia) hacia acciones claramente abusivas. Era el caso de: te ha golpeado (6,0%), insiste en tocamientos sexuales que no te gustan y que no deseas (7,1%), te trata como un objeto sexual (6,3%), te humilla en público (5,0%), te ridiculiza por tus creencias, religión o clase social (7,3%) o te ha robado (6,2%). Estos resultados invitan a preguntarse qué modelo (o modelos) de pareja son adquiridos por los estratos más jóvenes de la población.

Ser consciente de la violencia

Idéntico planteamiento puede realizarse en torno a la detección de la violencia. Ya en 2006, el Instituto de la Mujer (IdM) planteó, dentro del informe final derivado de su III macroencuesta, que un porcentaje importante de la población femenina en España (en torno a un 10%) podría estar sufriendo malos tratos en su relación de pareja sin tener consciencia de ello, frente a un 4% que reconoce (se etiqueta) como maltratada. Estas cifras podrían, no obstante, ser incluso peores en población juvenil, según se deriva de un estudio similar llevado a cabo con más 700 mujeres jóvenes aparecido en la International Journal of Clinical and Health Psychology, en el que se detalla que la cifra de maltrato técnico podría dispararse hasta el 71% con criterios similares al IdM (o el 35%, imponiendo un criterio tres veces más exigente para la detección de los abusos). Este último texto detalló, además, que frente a un 6% de mujeres que indicaron sentirse maltratadas, hasta un 12% indicó haber sentido miedo de su pareja, y un 27%, haberse sentido atrapada en la relación.

Estos resultados resultan preocupantes no sólo por la aparente dificultad para unir diversos signos de abuso con la etiqueta maltrato, sino porque esta separación entre el día a día y el etiquetado de la propia situación coloca a un gran porcentaje de mujeres en una posición muy alejada de los recursos creados para atender a las víctimas, y que se están dirigidos a mujeres (autorreconocidas como) maltratadas.

En definitiva, los esfuerzos llevados a cabo por todos los agentes sociales en torno a la violencia contra la mujer (y específicamente, dentro del ámbito de la pareja) han facilitado un avance sostenido durante los últimos años. Sin embargo, resultados como los expuestos deben servir para que las personas que desarrollamos nuestra labor en torno a este objeto de estudio mantengamos la motivación por conseguir un avance continuado. Y, ya de paso, que no perdamos nunca de vista una pregunta básica y éticamente imperativa: ¿estamos acertando con nuestras propuestas de intervención? ¿Es posible que estemos descuidando las formas de violencia menos evidentes, y que eso dificulte la reacción temprana de las víctimas? Sólo el compromiso con la calidad y la generación de alternativas (germen mismo de la investigación) nos permitirán mantener la evolución hacia una sociedad con relaciones más sanas.