Por: Ana Alcázar Campos, investigadora del Instituto de Estudios de las Mujeres y del Género de la Universidad de Granada

Cuando desde este blog se pusieron en contacto conmigo para que escribiera algo sobre lo que significa la violencia contra las mujeres, en tanto que académica, estudiosa y profesional de la intervención social con varios años de experiencia en el tema, mi primera intención fue dar datos, definiciones y otra serie de argumentos académicos que dieran una idea de la dimensión de este problema social.

Imagen de la campaña contra la violencia de género bajo el lema 'Ante el maltratador, tolerancia cero'

Imagen de la campaña contra la violencia de género bajo el lema ‘Ante el maltratador, tolerancia cero’

Sin embargo, pensando en algunas de las últimas intervenciones en las que he participado y que me han dejado un sabor agridulce, encontrándome con resistencias a aceptar la existencia de esta realidad tan dura, con acusaciones a las mujeres de mentir sistemáticamente y orquestar tramas maquiavélicas con las que perjudicar a los varones, me he decidido a contar mi primera experiencia con un caso de violencia de género. Este caso, grabado a fuego en mi memoria, ilustra la realidad de muchas mujeres y pretende ser un reconocimiento a las 44 mujeres asesinadas en lo que va de año[1].

Corría el año 1995, yo trabajaba como Educadora en la Casa de Acogida de Granada y apenas hacía dos años que había terminado Trabajo Social[2]. Había estado trabajando en la Casa de Acogida de forma temporal, cubriendo algunos fines de semana y tenía cierto conocimiento sobre el tema de la violencia. Así mismo, mis vivencias como mujer y mi participación como activista en movimientos de mujeres, hacían que todo lo relativo a las desigualdades de género y sus consecuencias no me fuera ajeno. No obstante, no fue hasta que empecé a trabajar de forma continuada en la Casa de Acogida, tejiendo con las mujeres que allí estaban una relación más de confianza, que no comencé a ser consciente de cuáles eran las situaciones por las que éstas habían pasado. Especialmente relevante para mí fue la historia de alguien a quien voy a llamar Lucía.

Lucía, como el resto de mujeres que se encontraban en la Casa de Acogida, venía de fuera de Granada, requisito necesario para poder “garantizar” su seguridad (las comillas se deben a que la garantía total es imposible). Era una mujer joven, como en la veintena, con dos niños muy pequeños, uno de un año y medio y el otro de meses. La primera vez que nos vimos me llamó la atención su juventud y también cierta actitud de retraimiento, que yo interpreté como timidez, desconociendo que uno de los mecanismos que se utilizan para lograr la sumisión de las mujeres es su aislamiento social y, consecuencia  de éste, la minusvaloración que las lleva a cierta carencia de habilidades sociales.

Una noche, cuando ya los niños y niñas se habían acostado y nos estábamos tomando unas infusiones en el salón, Lucía se puso a contarnos su historia. Una historia terrible, atravesada de violencia física, pero sobre todo sexual, que había dado como resultado que se quedara embarazada de su segundo hijo durante la cuarentena del primero, producto de la violación de su marido; que había hecho que sistemáticamente éste, tras agredirla físicamente, la expulsara a la calle con sus dos hijos, siendo el episodio más dramático el que sucedió un 31 de diciembre, con la ciudad nevada; y que tuvo como detonante para propiciar su salida del domicilio el que hubiera visto como su bebé casi chupaba, le paró en el último momento, una “papelina” de heroína que su marido había tirado en el suelo después de usarla.

“Segunda oportunidad”

 Lucía contaba estos hechos de una manera “normal”, con cierto dolor en la voz, con algunas lágrimas, pero con mucha resignación, como si “fuera lo que le había tocado”. Además, se sentía muy mal por haber denunciado al padre de sus hijos y le preocupaba que le fueran a llevar a prisión. Nada de eso pasó. Finalmente Lucía decidió regresar con su marido, para “darle una segunda oportunidad”.

Ya en ese momento y con ayuda de las compañeras más experimentadas, pudimos interpretar su vuelta como el resultado del ciclo de la violencia (Walker, 1979), intentando no culpabilizarla para que pudiera volver a pedir ayuda si le hacía falta. Obviamente, eso no nos libró del dolor y de la preocupación por una situación que sabíamos no iba a cambiar, según nuestra experiencia las “segundas oportunidades” solo volvían a situar a las mujeres en la “casilla de salida” del maltrato. Motivo por el cual, aún hoy día, casi veinte años después, me sigo acordando de Lucía.

Lucía representa la historia de muchas mujeres que han vivido un proceso de dominación y sujeción por parte de sus maridos porque estos consideran que son superiores a ellas. Varones que no son violentos en otros contextos y que encuentran en el hogar el espacio en el que ejercer su poder sobre las que consideran “sus” mujeres. Varones de los que, cuando se da una situación luctuosa que aparece en los medios de comunicación, todo el mundo opina que son normales, porque, efectivamente “son normales”. En nuestra mano está que dejen de serlo.



[1] Datos actualizados a 18 de noviembre de 2014 por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género (ver https://www.msssi.gob.es/ssi/violenciaGenero/portalEstadistico/docs/VMortales_2014_18_11.pdf)

[2] Para una profundización acerca de cómo son y cómo funcionan los Centros de Acogida en Andalucía ver Alcázar-Campos (2013).